VOCACIÓN Y ESFUERZO: los docentes que pelean día a día para enseñar



Casas bajas, torres que tocan el cielo, embotellamientos, las vías del tren… Lo que nos devuelve la ventanilla camino al trabajo dice mucho de nosotros. Cuando Cristina Gacitúa llega al suyo, ha visto camalotes, islas tapadas de verde y el aire denso del Paraná pesándole en la cara. Cristina es maestra rural y directora de la Escuela Nº 27 Almirante Brown, a algo más de 150 kilómetros de Capital, pero en plena zona de islas en Baradero, provincia de Buenos Aires.
Llegar desde su casa, en el continente, le toma tres horas en lancha. En el viaje “levanta” a la mayoría de sus alumnos, dispersos en los puñados de tierra firme que resisten en la inmensidad de agua marrón. Volver le toma otras tres horas, más las cuatro que pasa en la escuela. En total, diez horas con buen clima y viento a favor. Seis se le van en viaje. La historia de Cristina se repite en todas las latitudes. Desde la Puna hasta la Patagonia y desde los Andes al Litoral, recorren un largo camino para dar clase.
La ruta suma desarraigos, varios accidentes geográficos y una catarata de obstáculos humanos, pero está llena de voluntades de fierro y vocaciones a prueba de desencantos.
Clarín juntó a siete directores de escuelas rurales, en el marco del Programa Sembrador, un plan organizado por la Fundación Bunge y Born que cada verano brinda herramientas pedagógicas y de gestión a directores de escuelas rurales de todo el país.
La Cuesta del Portezuelo tiene uno de los miradores naturales más bellos del planeta. Todos los días se llena de combis turísticas. Ninguna llega a Rincón de Opizca, 15 kilómetros de tierra más allá, en el lado menos turístico del cerro. Lo que sí llega es un micro de línea dos días a la semana, que no son ni lunes ni viernes. Por esa razón Félix Montalván (43) hace dedo para ir y volver de San Pedro, su pueblo, a la Escuela 232. En el medio cruza tres ríos: “Me quedo de lunes a viernes y vuelvo a mi casa los fines de semana. A veces me ha pasado de tener que quedarme o no poder llegar porque algún cauce se desborda o porque las nubes están tan bajas que no se puede andar”.
El desarraigo es uno de los mayores sacrificios que deben hacer. Cuando se recibió, Rosa Martínez (49) se fue a trabajar a 60 kilómetros de Bolivia, en La Puna. “Mi marido también es maestro y trabajamos varios años juntos. Allá todo es distinto. Cuando recién llegamos, un nene chiquito se me largó a llorar en plena clase. No podía entender lo que me decía. Hasta que los más grandes me explicaron que quería ir al baño… Me hablaba en quechua”.
Cuando su hijo mayor tuvo edad para empezar el Jardín, Rosa pidió el pase. En La Puna no había Nivel Inicial. Su esposo se quedó. “De lunes a viernes sigue trabajando allá. El hecho de ver a los chicos sólo los fines de semana le pesa un montón”. Hoy Rosa sigue siendo maestra rural. Trabaja en la Escuela Urquiza, en San Pedro.
Todos podrían haber elegido destinos menos complicados, pero la vocación pertenece al terreno de lo inexplicable. María Ana Molinari (47) encontró la suya hace más de dos décadas cuando fue a Neuquén con un grupo misionero. “Yo trabajaba como maestra en Capital. Nunca más me fui”. Trabaja en la Escuela 149, en Andacollo. Sus cinco hijos nacieron y se educaron allí.
Parece un juego de palabras, pero quizás nunca esté mejor dicho que Victoria Ybarra (55) hace Patria en la Escuela de la Patria, en El Colorado, Santiago del Estero. Cuando llegué no había luz y usábamos lámparas a kerosenne”. En el pueblo no hay señal de celulares, no llegan los diarios y para usar Internet hay que hacer 200 kilómetros.
Cristián Horn (30) nunca se fue de la escuela. Alumno rural no dudó en convertirse en maestro rural. Cuando los conflictos salariales pasen y abra las puertas de la Escuela Eva Perón, en Crucesitas, Entre Ríos, va a ser imposible no acordarse de cuando se sentaba en las mismas sillas que sus alumnos: “Llegás y ya están. Más flacos, más altos y más ansiosos. Muchos no vieron otros chicos que sus hermanos en todo el verano. Para ellos volver a la escuela es volver a casa”.
Lidia Salvatierra (54)  32 de docencia y 21 años de maestra rural. Trabaja en la Escuela 845, en Taco Pozo, pleno monte chaqueño. Recibir a los chicos en el aula, darles el desayuno y enseñarles a leer y a escribir forma parte de una cadena de urgencias difícil de romper. Pero Lidia se las ingenia. Va solucionando problemas de a poco. Y acortando distancias… “Nuestra principal dificultad es que algunos chicos tienen que viajar mucho”, dice casi con timidez. El monte complica las cosas y los chicos lo recorren a caballo o a dedo. “Llegan tan cansados que se quedan dormidos en la clase. Muchos terminan abandonando”. La de Lidia no es una escuela albergue, pero hace lo que mejor sabe: compartir. En una habitación se acomodan ella, su hija (maestra jardinera) y un par de nenas que viven demasiado lejos. Su hermano, el otro maestro de la escuela hace lo mismo con los varones en el otro cuarto. Y reclama: “Si pudiéramos tener un albergue, seríamos muchos más”.

FUENTE: Diario Clarín

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