Concurso Rincón Gaucho en la Escuela


Este texto obtuvo el primer premio por el nivel primario en el Concurso Rincón Gaucho en la Escuela
Crianceros de ayer, de hoy y de mañana

Elijo contarles de este lugar por dos razones: para que conozcan cómo es la vida de las familias de crianceros en zonas como ésta, donde el suelo es árido y no se puede sembrar pasto.

También porque yo nací en época de veranada y un mes antes de mi nacimiento mi mamá se vino arreando los animales.

La casa que conocí después de salir del hospital fue la que tenemos allá en la Cordillera.

En mi familia todos tienen animales y los crían juntos. La mayor parte del año, de abril a diciembre, la pasamos en Colipilli y de diciembre a abril, en la veranada, que queda en la Cordillera, cerquita de Caviahue.

Pronto llegará septiembre. Algunos dicen que les gusta porque es el mes de la primavera y hace un poquito de calor. Yo lo prefiero porque es tiempo de nacimiento.

Primero empiezan a parir chivas y ovejas; las vacas, como en octubre recién. A veces se largan antes y el tiempo no acompaña, porque no es raro que esté nevando a esa altura del año. Cuando son chiquitos hay que cuidar a los animales tanto del frío como del zorro, por eso los metemos en un galpón si llueve o nieva. Además, no los dejamos ir con el piño, los cuidamos cerca de la casa; cuando tienen un mes ya pueden acompañar a los más grandes.

Después de que parieron todas las chivas y ovejas, se realiza la esquila; las ovejas se esquilan todas, pero sólo las chivas que están muy peludas. La lana se deja en la casa y después la hilan la abuela o mi mamá. Las mujeres tejen caminitos y tapices, entre otras piezas.

Más adelante se hace la "señalada". Ahí se juntan los animales que han nacido ese año. Se capan los chivitos y se marcan todos. La señal consiste en hacerles un corte pequeño en la oreja derecha.

En diciembre comienzan los preparativos para salir camino a la veranada.

Ya los campos no tienen casi nada que los animales puedan comer, entonces hay que ir en busca de pasto, agua y también de un clima más fresco.

Antes, los hombres adultos de la familia juntan el piño. Van los tíos y yo también, aunque no soy tan grande. Las mujeres, mientras tanto, preparan la ropa, el pan para el viaje y lo que vamos a llevar (colchones, colchas, ollas, utensilios).

El día de la partida todo está listo. Entonces comienza el arreo. Temprano salen mis tías y mi prima llevando las chivas y las ovejas, que son lentas. Poco después salimos nosotros con los caballos y las vacas. Un caballo bien mansito lleva la carga. Los demás salen al otro día en camioneta, llevando las cosas más pesadas. Larga marcha

Me encanta hacer esto, aunque a veces el calor y el viento azotan fuerte. Andamos durante el día y a la tardecita paramos. Aprovechamos para descansar y comer algo.

Todos los años pasamos la noche en los mismos "alojos". En esos lugares armamos "riales" (reparo), hacemos el fogón para cocinar y ahí cerquita preparamos para dormir. Si hay viento, tenemos que poner ramas que nos protejan.

Es lindo porque te quedás dormido mirando el cielo y, a veces, ves cómo se caen pedacitos de estrellas.

Andamos cinco días y cuatro noches (120 kilómetros, más o menos).

El día quinto pasamos por Caviahue y nos ponemos contentos porque sabemos que estamos cerca. Los animales olfatean el pasto tierno y apuran el tranco. Al mediodía llegamos a un lugar llamado Cajón de los Barros. Es zona cordillerana. Los pastos altos me llegan a la rodilla. Muchos arroyitos bajan desde aquí. Es hermoso. Fresco, verde, con mucha agua y bosques de araucarias.

Lo primero que hacemos al llegar es abrir las puertas y ventanas de las piecitas para que se ventilen. Acá encontramos las mesas, los asientos y las camas que dejamos. Acomodamos todo lo que hemos traído y listo. Por los animales no hay que preocuparse porque tienen el pasto ahí nomás y no se alejan nada.

Hace muchísimos años que vamos al mismo lugar.

En febrero aprovechamos para recolectar los piñones. Cada uno junta una bolsa grande o dos. Después los traemos, vendemos un poco y dejamos para nosotros otro tanto.

La vida allá es parecida a la que hacemos en la casa, pero más tranquila, sin preocupaciones.
En abril, cuando el pasto se termina y comienza el frío, pegamos la vuelta. Con la animalada gorda y más grande, se anda más rápido.

Así es la vida del trashumante: hoy aquí, mañana allá.

Mi abuelo es trashumante, su abuelo lo fue. Quizás mis hijos y mis nietos también lo sean.

Esta es la forma de vida que conocemos y que tal vez hereden de nosotros los que vengan después.
Por Damián R. Ezequiel Raiguán Para LA NACION
El autor es alumno de 5° grado de la Escuela Albergue N° 70 del Paraje Naunau-Có, departamento Ñorquin, Neuquén

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