La difícil tarea de vivir y aprender en medio del olvido


El Diario La Nación publicó en el día de hoy la segunda y última nota sobre este tema:

TREMENTINAL, Salta.- El fotógrafo estaba a punto de inmortalizar una imagen, cuando dos de los alumnos salieron corriendo y se metieron en la escuela. A los pocos minutos, volvieron con algo en brazos: era una gran bandera argentina, que desdoblaron e izaron en el mástil. "Ahora sí", aprobó la maestra Nélida Flores, y, rodeada por alumnos y padres, fijó la mirada en la lente para esperar el clic.

Trementinal es un paraje rural fronterizo a 50 kilómetros de General Mosconi, municipio del que forma parte, en el norte de Salta. Pero, como informó ayer LA NACION, por la falta de un camino transitable del lado argentino, sólo se accede pasando por Bolivia. Aquí, y pese a los pocos recursos, las 20 familias construyeron hace cinco años una escuela rancho en la que estudian 50 niños de entre cinco y 14 años. Sin esta escuela, Fernanda, Melina, Eber, Yesenia, Luz, Marcos, José y otros tantos no hubiesen accedido a la educación.

Aislados por una selva que requiere valentía, precaución y unas diez horas a caballo para ser atravesada, casi no tienen contacto con la Argentina: cuando necesitan algo, viajan hasta Bermejo, en la frontera del lado boliviano. Cuando algún chico se enferma, lo llevan a la posta sanitaria de Bolivia. Pero su espíritu patriótico se mantiene intacto.

"Nuestros niños son nacidos y criados aquí. Están acostumbrados. ¿Y dónde dejaremos a nuestros animales, si nos vamos?", reflexiona Santos Reyes, de 30 años, padre de dos niños. Su mujer, Emilia Vásquez, deja por un minuto los troncos que arden y calientan la comida de los niños para ese mediodía y se acerca. Emilia, que horas antes había recibido a LA NACION con dos besos, un abrazo y un "gracias por venir", suelta el llanto.

"Siempre nos faltan cosas. Luchamos para que hubiera una escuela, pero estamos muy abandonados", dice Emilia. De tez morena, estatura baja y un largo pelo negro, no puede contener las lágrimas, que seca con la manga de un sweater gastado. Resulta difícil no contagiarse de su llanto. Y dan ganas de abrazarla.

Santos, su marido, baja la mirada cristalina, como intentando ocultar su propia tristeza y una suerte de impotencia. Los chicos que se acercan en ese momento miran sin entender. Pese a las necesidades, sus padres siempre intentan mantener la sonrisa y alejarlos de esas preocupaciones.

La promesa electoral

"Cuando hay elecciones, se acuerdan de nosotros. Y después nos olvidan completamente. Nosotros pedimos y ellos [los políticos] prometen, pero no cumplen", añade Mercedes Cardoso, de 30 años, madre de cuatro, en un tono más firme.

Santos y Emilia acompañan a LA NACION en su recorrida por la escuela. En los dos cuartos donde los chicos y la maestra duermen, las maderas sacadas a hachazos del monte forman cuchetas un tanto inestables. Los colchones chatos, la ausencia de sábanas, el piso de tierra, el frío que entra por agujeros y, en el mejor de los casos, una frazada fue todo lo que pudieron juntar a pulmón estas familias para los 30 chicos que aquí pasan la noche de lunes a viernes.

En una de las aulas, cuelga de unas maderas un mapa del norte argentino, descolorido, en el que nunca figuró este paraje. Otro de los cuartos sirve como depósito apenas poblado de productos alimenticios y de 80 libros que reunieron gracias a la donación de una escuela que cerró.

"Estamos molestos porque hace cinco años que no tenemos respuestas. Queremos que construyan una escuela que quede para los chicos. Necesitamos ayuda", implora Santos. "Hay chicos que tienen ganas de leer y por ellos hay que hacer algo", agrega Nélida.

Hace un año que José, de siete años, el hijo de Santos, no sale de Trementinal. No conoce a su primo de diez meses que vive en Mosconi, y llora. Los dos aprovechan la partida de este medio y saltan a la caja de la camioneta que alquiló LA NACION del lado boliviano. Antes, se despidieron de todos, atravesaron 500 metros de selva y cruzaron el río Grande de Tarija a caballo.

En el camino de ripio, sólo transitable en 4x4, irán rebotando y masticando la tierra colorada durante más de dos horas hasta llegar a Bermejo. El viaje no termina hasta cruzar nuevamente el río, esta vez en balsa. Un peso cada uno.

Las aguas marrones y calmas son la última frontera. La otra orilla se acerca y Santos se prepara para saltar a tierra. Pone un pie en el suelo y sostiene a su hijo de la mano para sacarlo de la pequeña embarcación. José observa todo lo que sucede a su alrededor minuciosamente. Juntos atraviesan esa línea invisible que es la aduana.

Con la mirada de un padre que está a punto de decir algo importante, Santos se gana el silencio de su hijo. Le suelta la mano, respira hondo, esboza una gran sonrisa y le dice: "Estamos en la Argentina". Como quien enseña algo que nunca se olvida. Como si Trementinal, donde ellos viven, no fuera parte de este país.

Por Nathalie Kantt
Enviada especial

Fuente: Diario La Nación, 23 de junio de 2008

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